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martes, 25 de octubre de 2016

NO PIENSO LLORAR - NOVELA





Ilustración de portada: JULEN URRUTIA SALANOVA.

Tras años de guardar el original de mi libro "No pienso Llorar" decidí por fin editarlo. Ya está disponible en librerías, tanto en papel como en formato Ebook.

Es una novela para lectores con inquietudes; "No pienso llorar" tiene visos oscuros y narra con naturalidad, y a veces con crudeza, los avatares de una niña atípica, protagonista de la novela, con celajes de realismo mágico. 

El mundo de los adultos se enreda en el infantil, de modo que sin que ellos se percaten, las interpretaciones de la niña que se mueve por el libro suelen escandalizar a los mayores, pues muchos desconocen que los niños piensan, cuestionan, inquieren respuestas y tienen sentido de la justicia, ignorado tantas veces... Y Violeta —protagonista principal— no admite lecciones injustas.





Por ello, es una niña que piensa en la muerte desde la más tierna edad,


viernes, 21 de octubre de 2016


EL TÍO MARTINIANO

Cuando se mudaron a donde el tío Martiniano, Violeta sólo echó de menos el granero y la acequia que pasaba por delante de la casa de la tía Pati; se le antojaba un río de corriente rápida, donde dejaba caer  hojas de    acedera   que desaparecían evolucionando entre el agua y las piedrecillas   del     fondo. La tía Pati  sentía animadversión por su madre —Violeta se daba cuenta  cuando  la  regañaba  y  le  gritaba con   voz agria:

—¡Eres igual que tu madre!

Tenía envidia de Marcia, no soportaba su belleza y elegancia, ni que tocara el piano y menos que vistiera ropa de color.
Era la posguerra y las mujeres vestían de negro. Además, eran muchos para seguir viviendo en el caserón. Doña Vicenta, la abuela de los niños, ponía el grito en el cielo:

—¡Por Dios, a casa de Martiniano no!

El tío Martiniano —cuñado de la abuela Vicenta— estaba trastornado. Llevaba una levita brillante por el sebo y las mucosidades que la tapizaban. No se desprendía de ella ni para dormir; recorría la casa con un viejo candil, por si había algún intruso.

Tenía miedo. Miedo a los extraños, a quemarse, — por eso nunca encendía el fuego del lar—. Era lo mismo que estar en el exterior, siempre hacía frío, además de la humedad que rezumaba por falta de ventilación.


Si el tío Martiniano tenía miedo, la madre de  Violeta se lo tenía a él. Solía encerrarse en su habitación con las niñas, mientras su marido permanecía en Madrid gestionando su vuelta al trabajo tras el exilio, al final de la guerra civil.A Violeta le sorprendía aquel hombre viejo, pero fuerte, con la amplia espalda coronada por una joroba puntiaguda. Pensaba que guardaba allí, bajo la levita, algo valioso que temía perder o que alguien le pudiera arrebatar; hasta que vio a su padre rociar el cuerpo del anciano con DDT para despiojarlo.

Su madre lavó las ropas y le afeitó la barba enmarañada. A la niña le pareció aún más tétrico, sobre todo cuando le daban accesos de cólera, gritaba y pataleaba haciendo retumbar las tablas de madera del suelo. Antes, le recordaba a un personaje escapado de los cuentos que leía.

El frío y la humedad hicieron su trabajo. Violeta cogió una pulmonía. Permaneció tiempo bajo las mantas, mientras su madre le daba calor y comida. Años después se enteraría de que estrenó la penicilina.
—Eso te salvó la vida, m’ hija —solía decirle con frecuencia su madre.

Al llegar la primavera solía bajar a la plaza de la Virgen, presidida por la iglesia, en cuyo centro se encontraba la fuente, con cuatro caños asomando del pilón de piedra central, un pequeño obelisco cubierto de verdín.

Mientras sus hermanas jugaban al marro, Violeta se sentaba al borde de la fuente para mirar las ánforas y botijos que las mozas llenaban de agua fresca hasta que rebosaban, haciendo más brillantes las barrigas de los cántaros

                         

 SIGUIENTE CAPÍTULO (Continuación del anterior) 

A MÍ, UNA, LA FORTUNA…



El desfile de mujeres, jóvenes y esbeltas, maduras matronas de carnes macizas y alguna anciana, era un espectáculo diferente cada día; la elegancia con que apoyaban los cántaros en la cadera mientras los mozos, sentados en poyos de piedra y la espalda apoyada en la pared de la iglesia, lanzaban miradas cómplices; correspondidas unas veces con otras furtivas o con una indiferencia simulada. Los andares airosos de las jóvenes y la seguridad del paso de las maduras eran observados por Violeta con expresión divertida.


Captaba el duelo de ellas, aparentemente indiferentes. La mirada inquieta de algún joven tocado con una boina negra, el guiño del descarado y la colilla pendiendo de la comisura de los labios —agrietados por el cierzo y el sol, como todos los labradores—. Prematuras arrugas delataban  las horas pasadas empujando el arado romano bajo el sol o azotados por el cierzo.

Más tarde solía pasar un carretero con el carro destartalado rebosando de fiemo. El estiércol era acarreado por una mula más que vieja y tan tozuda, que Violeta creía notar en los ojos del animal la intención de llevarle la contraria al arriero, quien lanzaba improperios de todo color y escupía de vez en cuando una blasfemia:

— ¡Mecagüen la virgen del perpetuo socorro!

Era nueva, la niña no la había oído nunca. Se le quedó grabada en la memoria. Cuando al día siguiente discutió con una de sus hermanas por el juego —A mí una, la fortuna, sin mover, sin reír, sin hablar...— mientras reclamaba la pelota de trapo para participar, llena de rabia, golpeó el suelo con los pies, levantando una pequeña polvareda y espetó con los puños apretados: 
— ¡Mecagüen la virgen del perpetuo socorro!
No tardó en arrepentirse. Enseguida se dio cuenta de que había proporcionado a sus hermanas un motivo para ser castigada. Sabía que lo que había exclamado no debía decirse.
Arrodillada frente a la imagen de la Virgen, algo asustada por la repercusión de su rabieta y, sobre todo, con el miedo a la condenación eterna —que le habían garantizado si volvía a ser tan mala—  escuchó la voz del tío Martiniano, suave,   meliflua, —está de buen humor, seguro—, pensó Violeta.

—Marcia... —el viejo se dirigió a la madre de la niña mientras se le iba acercando— ¿Y si estuvieras vestida de blanco, con esa piel tan fina y tostada, y los cabellos sueltos? ¿Y si yo te tomara en mis brazos, te llevara hasta el balcón y te dejara caer? —el viejo sonreía mientras se acercaba lentamente a la madre de Violeta.

—La niña se levantó. En medio de la penumbra que dominaba las estancias, alcanzó a ver  la aterrorizada expresión de su madre. Estaba paralizada.

— ¡Mamá! ¿Me levantas ya el castigo? No lo volveré a hacer...

Su madre mudó el gesto. Lívida, llegó hasta Violeta, la tomó de la mano y se dirigió a toda prisa a su cuarto. Cerró el pestillo y sentándose en la cama, comenzó a sollozar.

La niña supo entonces que tenían que mudarse de aquella casona, aunque su padre se negara. Al fin y al cabo, él estaba siempre en Madrid y su madre ni siquiera bajaba a la plaza.

Se lo contó a sus hermanas y su madre a la tía Agustina. En realidad, no era tía de nadie, pero se acostumbraba a llamar así a las señoras mayores. Cuando volvió su padre, al de pocos días, decidió que se mudarían a una pequeña vivienda en la calle Mayor, empedrada y sinuosa.

 Violeta siguió bajando a la plaza, poniendo las manos bajo los chorros de la fuente para ver el arcoiris en las nubes de gotas atravesadas por los rayos de sol.

Siguió también reclamando su turno para jugar con la pelota de trapo, —A mí una, la fortuna...— se acercó hasta donde estaban sus hermanas con otras niñas del pueblo.

 Pataleó dos veces, apretó los puños y exclamó:

— ¡Mecagüen la virgen del perpetuo socorro!


Desde la ventana, su madre le dirigió una mirada oblicua, para a continuación dirigirla hacia el horizonte, donde se perdía el camino, esbozando media sonrisa. 







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SOBRE LA AUTORA


Yolanda Salanova vivió durante largos años en la isla donde se desarrolla la novela, volviendo a España con sus padres y hermanos al empezar la guerra fría entre EE.UU. y la URSS.

Su pasión por la lectura desembocó en la necesidad de escribir. Es autora de dos novelas —una histórica— y varios relatos, siendo galardonado uno de ellos en Bilbao. Escribe poemas que sólo conocen sus más allegados, da a conocer la pequeña novela “No Pienso Llorar” guardada durante años en un cajón de su escritorio.

DEDICATORIA



Dedicatoria

A mis hijos y esposo, que me leyeron y me animaron a escribir.
A todos los niños que viven una infancia infeliz, aunque nadie se dé cuenta. 
A todas las niñas y niños que sufren indiferencia y abusos de los que no son conscientes.
A los niños que se sienten marginados, invisibles, a los que a nadie le importa lo que piensan o sienten.
A quienes se sintieron como la niña que se mueve por el libro, a los niños que son calificados como rebeldes, difíciles, raros...
A los padres de esos niños, que no saben que de ellos depende la infancia feliz y armoniosa que hace que sus hijos crezcan con la certeza de ser amados.
      A esas oscuras infancias que marcan la edad adulta    con tristeza, y a veces con cierto resentimiento que aún no han podido superar.

©

SINOPSIS


Una niñez oscura, con algunos claros e imágenes que sólo pueden ocurrírsele a una mente excepcional, intuitiva. Violeta ama y odia, es compasiva y vengadora, víctima; sus venganzas sólo a ella le importan. Los olores y aromas de los frutos y flores forman parte del mundo de la niña. Le gustan las cayenas —flores de sangre-de-Cristo, denominadas así por el rojo intenso y brillante de sus cinco pétalos.

Es una novela compuesta por relatos en espiral cuyo principal nexo de unión es Violeta, que muere y renace cada mañana; introspectiva y a la vez compulsiva. Dicen que no existe una niña así... Sin embargo está muy lejos de ser una psicópata.