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ARTÍCULOS



Durante años, escribí un artículo semanal en un periódico digital hoy desaparecido. Algunos los pondré en esta página. Gracias por leerlos.

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DIVAGANDO

después, o se llegará a disparar contra los desesperados, víctimas del canibalismo económico-social del primer mundo, tan alarmado por la posible pérdida de privilegios.
Así como se gritó “nu   NO creo que ningún escritor lo haya sido antes de vivir dulzores y amarguras, ilusiones y desengaños. El vivir y estar de vuelta de experiencias llegadas o buscadas, tiene que ser el acicate que impulse a escribir. No conozco a nadie que haya sido medianamente feliz o que esté satisfecho con su vida que se dedique a escribir por necesidad o vocación. Es entonces la desdicha, el vacío o el inconformismo lo que mueve a crear. Incluso las obras de ficción encierran dentro de sí las vivencias interiores, las insatisfacciones personales.  Es un modo de extender la propia vida más allá del tedio, el quejido camuflado de vidas saciadas, o vacías, tras haberlas llenado de lo perecedero. O la evasión. Cuando lo que movía a ser queda atrás, una vez experimentado, surge la necesidad vital de escribir, imprimir y liberar en la literatura la mitología propia y vaciarla de manera subrepticia en los lectores-receptores, haciendo que sean partícipes y jueces de la vida interior del escritor.

En el caso de no llegar a publicar, la frustración es doblemente demoledora. No vive su vida ni puede transmitirla. La complicidad ignorada de los que te leen es la satisfacción de que escribas. De otro modo... ¿dónde estaría el sentido? ¿Es válido el monólogo? ¿Para qué inventar entonces? Pasar el tiempo, por otra parte inexistente, sin movimiento. Un no pasar, no ser: estar. Los escritores son personas corrientes convertidas en excepcionales por desdichas cotidianas que tan sólo ellos conocen.

Cuando el escritor está satisfecho, entretenido en la ocupación de vivir sentimientos y sensaciones agradables, aventuras vitales corpóreas, no necesita transmitir ni crear, puesto que está transmitiéndose a sí mismo experiencias y haciendo de él una creación casual. El riesgo de amar estriba en no poder despegarse de una idea obsesiva: todo lo demás carece de sentido y pasa a ser accesorio. Tal vez por ello la estúpida frase: "todo vale en el amor y en la guerra".  Las aspiraciones son vencidas por el sexo, que se disfraza de sentimientos de sentimientos, y éstos son la justificación, ésta libera y vuelve al sexo, en una sublimación prefabricada, aunque inconsciente, mientras se goza de él. Ignoro si la importancia que se le presta a la dignidad personal es producto de nuestra conciencia o por el contrario, es una herencia del sentido del honor dieciochesco
Los duelos se sustituyen por poses o palabras de esgrima. Mentiras para mantener visible la "dignidad". Cuando parece necesario hablar de dignidad, es porque somos conscientes de haberla perdido o estar a punto de perderla.  Cuando estás en el suelo, espera solamente el lamido de un perro. Su aliento.—¡Ah, Pavese, Pavese, cómo te entiendo! Tanto, que casi te amo. ¿Te amo? Y tú, Franz Kafka... ¿Cómo pudiste llegar a ser el egoísmo mismo? Sumiste tu vida y la de ellas en tu amarga frustración—.

Al hombre le produce espanto el intelecto de la mujer; al hombre inteligente le produce pánico. Se sabe despojado del halo mítico que le hace parecer un dios ante un intelecto simple. A la mujer inteligente le horroriza el hombre simplista. Necesita admirarlo no por su superioridad, sino por sentirse ante un hombre que puede entenderla y admitirla. Con alguien mediocre, su sufrimiento está asegurado por tener la ‘obligación’ de fingir admiración para no herir el orgullo del hombre. ¿Entonces tenía razón, en cierta forma, Freud: la sublimación del yo, como compensación de frustraciones sexuales, pudo ser el móvil de mentes desarrolladas y creadoras? ¿Es la capacidad de desarrollo del intelecto inversamente proporcional a la satisfacción de los sentidos? La desmitificación de un dios: El hombre es hombre y 'testiculina'. La secreción de serotonina tiene que ver con la aleación de la adrenalina en un cóctel devastador. 

Severo Ochoa: somos física y química. Descartes: Pienso, luego existo. El hombre necesita llamarle amor y hacer el amor a copular. No reconoce la sustancia de que está hecho y la adorna.  No puedo entender por qué se arroga el título de animal superior. Le diría a Descartes que ese axioma es erróneo, Yo creo que es a la inversa: Existo, luego pienso. Y no excluiría a otros seres vivos y sintientes, ¿Por qué negarles el pensamiento?
El creativo es consciente del placer de crear y se recrea haciendo el amor con su obra; si es inacabada, la insatisfacción de un clímax no alcanzado y el reto de volver a intentarlo. La ventaja estriba en que jamás se sentirá ahíto.  Cuando se afirma que el verdadero amor es el que se profesa a uno mismo, se define el acto egoísta de la utilización. Lo más adecuado es teñirla de ideales. Aunque termine en lo mecánico. Copular es tan necesario como comer. Pensar no es imprescindible. Vaciar la conciencia con palabras trastocadas a modo de sofismas, provoca el adormecimiento del yo superior y lo desarraiga.  Preeminencia de lo urgente sobre lo importante. 
Por tanto, admitamos que no somos lo que pensamos, sino que pensamos que somos y nos vemos como nos resulta acomodaticio. Humanos, al fin. Primates.
—¿Por qué escribo estas cosas?— Todo está ya pensado... todo está dicho. ¿Acaso descubro algo nuevo? No. Nada. Quiero suponer que ejercito mi intelecto. Si me atreviera a formular un silogismo podría verme definida por todo lo anterior. Por tanto, no lo haré. 



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CALIDAD HUMANA, ¿Y ESO QUÉ ES?

“Sí, pero…”
Así empieza la excusa más extendida entre el género humano. La que se utiliza cuando se dan situaciones que, si no podemos remediar, al menos sí podríamos paliar.
La más dolorosa situación del ser humano es la soledad. No la soledad deseada, la esporádica, ni siquiera la física; no. Es la soledad del llamado o considerado perdedor, la de quien, bien porque ha tomado decisiones que han resultado erróneas, bien por creer que la vida es una novela que tiene final feliz o ni siquiera final, se encuentra al borde del abismo de la depresión sin retorno.

El círculo se cierra de una forma totalmente fría. “No se deja ayudar”, decimos. “Es que es imposible, no deja de beber” —a lo que le ha empujado precisamente la falta de comunicación—, “no es un enfermo, sino un vicioso”, suele afirmarse sin más finalidad que acallar la mala conciencia que allá, muy en el fondo, inquieta a los indiferentes.

No hablo siquiera del vecino. Sucede en casos cercanos, familiares directos, hermanos, padres o hijos a los que se ha desechado como se desecha cualquier pensamiento desagradable y se cierran los ojos a la desgracia inmaterial y, por tanto, más difícil de atender.
Somos cada vez más insolidarios. La calidad humana brilla por su ausencia aunque estemos convencidos de que con “no hacer mal a nadie” es suficiente para considerarnos buenas personas. Sin pararnos a pensar que eso no basta. Que la omisión del deber de socorro, aunque no estuviera descrito en el código penal, compete a la conciencia, si es que no la hemos anulado a fuerza de mentirnos a nosotros mismos.

Es tan fácil dedicar unos minutos a interesarse por el estado de salud o de ánimo de una persona, y más si ésta es cercana a nosotros… Pero el temor al compromiso provoca rechazo, no vaya a ser que se acostumbren a ser tenidos en cuenta los invisibles, los desdichados, enfermos o dependientes de una vida azarosa que, tal vez, como suele decirse, “se han buscado”.
Siempre he pensado que si alguien necesita apoyo, no ya ayuda material —hay que ver lo que cuesta rascarse el bolsillo y prescindir del capricho, de un nuevo modelito o de una cena con amigos los viernes— es una canallada decidir si se ayuda o no en función de si se merece o no según nuestra hipócrita doble moral. Es aquello de “tenga usted, pero no se lo gaste en vicios”, tan típico de quienes dan una limosna como un acto de ‘caridad’. No sea que se le ocurra comprarse un helado, pongo por caso…

En estos días, y en todos los días de todos los años, sobreviven personas sumidas en la tristeza de la incomunicación, con la idea lacerante de saber que no importan a nadie, que pase lo que pase no van a ser considerados, ni siquiera pensados… Y como suelo decir, si no te piensan es como si no existes. Es la situación más inhumana y dolorosa. 
Muchos se preguntan por los motivos que llevan a la autolisis. Uno de ellos, y el más frecuente, es la soledad, la falta de comunicación, la imposibilidad de ser escuchado por alguien a quien le importe lo que te ocurra. Y seguimos engordando una masa social fundamentada en la indiferencia, el egoísmo, el consumismo y las satisfacciones materiales: todo ello no es más que vacío pasajero y tampoco soluciona más que temporalmente a los favorecidos cuyos valores se han trocado por tener, manejar, consumir y presumir, comparando su situación o poder adquisitivo con los que le rodean o se relacionan en una competición materialista cuando no mercantilista.

Hace bien poco, le dije a una amiga: “mejor no esperes nada de nadie. Así, si algo te llega de alguien, si recibes afecto, atención, lo que sea… tendrás una grata sorpresa. De otro modo, sólo obtendrás desengaños”.
Puede parecer una actitud pesimista, incluso fatalista. Sin embargo, la experiencia habla claro y sin tapujos.
Cuando se está caído, enfermo, viejo y además se es pobre tras haber estado en una situación totalmente favorable, se comprueba que el teléfono suena con menos frecuencia hasta quedar en silencio. Que nadie se acuerda de si estás vivo o pasaste—nunca mejor dicho— a mejor vida.
Si compartió su vida con un ser entrañable, a los que llamamos animales, como un perro, no hay duda: Él no le abandonará aunque pase por todas las desdichas, por el contrario, las compartirá haciéndolas más llevaderas.
Muchas veces recuerdo a Diógenes (a él se le atribuye el adagio): ‘cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro’ Con las excepciones que siempre confirman la regla.


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VIEJOS © 

"Como te veo me vi, como me ves te verás”. Es una de las frases que suelen decir los viejos a los jóvenes cuando se habla de años. Hoy llamar viejo a alguien se toma como insulto o como desacato, se utilizan palabras que pretendiendo adornar las arrugas del alma — creo que la vejez no está relacionada con los años sobrevividos — además de las del cuerpo, suenan a falso. “Personas de la tercera edad”, “ancianos”, “personas mayores”, etc., son términos que delatan que “viejo” se aplica más como sustantivo que como adjetivo. No es lo mismo un hombre viejo que un viejo, o una vieja, que parece sonar peor.

Lo viejo, si no pertenece a la enología, hoy carece de valor en el llamado mundo civilizado. Como vergonzoso botón de un muestrario inacabable, baste echar un vistazo a los escasos informes que tratan sobre el maltrato de ancianos en el seno del hogar —otrora tal vez agridulce— , en las llamadas residencias de la tercera edad o en casa de sus cuidadores. 


El maltrato a los ancianos se considera problema social desde hace pocos años, porque, como los niños, también callan por miedo a represalias, además de no querer reconocer ser víctimas muchas veces de sus propios hijos o cónyuges, por resultarles insoportable admitir que son objeto de maltrato o por temor a ser recluidos en centros “para la tercera edad”. Menos van a hablar los maltratadores (cuidadores y familiares), por razones más que obvias. 

Como todo maltrato, no es privativo de un determinado estrato social. Se produce en todas las capas, sea físico, psíquico, abuso sexual o económico. Lo penoso es que a mayor indefensión, mayores son las probabilidades de ser objeto de malos tratos. 
Cuando es joven, sano y productivo, se valora al individuo. Una vez pasada la fase productiva, sea por edad o por carencias de salud, la tónica pasa a ser la infravaloración, el anciano resulta “una molestia” para familias con dificultades para cuidar a quienes les cuidaron cuando eran también dependientes a causa de su corta edad. Sin duda los factores sociales y culturales son determinantes, pero también los familiares e individuales. 
Presa del miedo, el maltratado sufre lo que ha dado en llamarse Síndrome del Anciano Maltratado: inquietud, pasividad, ansiedad, estado de confusión, alteración del estado de ánimo y depresión, que puede desembocar en el suicidio, son indicadores que, en su caso, los cuidadores y familiares deben observar con atención para detectar el posible maltrato del anciano indefenso. Si hay indicios, debe ponerse en contacto con el médico que le trata, de modo que esté alerta en el caso de lesiones físicas, caídas frecuentes, desnutrición, deshidratación o visitas a los servicios de urgencia acompañados por personas ajenas a su cuidado. 
Que la Asociación Médica Mundial reconozca que es responsabilidad del médico proteger los intereses físicos y psíquicos de los ancianos, así como la necesidad de declarar que deben tener los mismos derechos a la atención, bienestar y respeto que los demás seres humanos, es ya una demostración de una lacra social más que afecta a los más débiles. 
Tengo el convencimiento de que esta sociedad está gravemente enferma, así que no creo que pueda llegar a vieja

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UN LUJO ASIÁTICO
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¿Qué se puede hacer cuando sólo se tienen ganas de dejarlo todo? Deseos irrefrenables de desertar, de marcharse sin más, sin explicaciones… Y lo peor: sin que nadie resulte dañado, sin dolor ni remordimientos; que sea un alivio para quienes se supone que una vez estuvieron cerca y que ahora tienen derecho a vivir su vida independiente. Que no sea tomado como un abandono o venganza, sin que nadie se sienta mal por lo que hizo o dejó de hacer… 

La decisión se hace tanto más difícil cuanto más piensas en los otros, los que van a seguir viviendo, mal que bien, como ellos y el azar decidan o las circunstancias les condicionen. Me gustaría irme en silencio, sin ninguna parafernalia, sin pena ni gloria, sólo descargar de responsabilidad a cualquier ser que haya podido sentirse cercano a mi persona.
 
Escuché muchas veces aquello de nadie es imprescindible, lo he llegado a comprobar, es verdad: todo se supera, la vida sigue y la gente se habitúa a una ausencia que ya era, estaba y se convertía paso a paso en deber, obligación, exigencia, en fin… un lastre.  Es una vuelta a los orígenes, al nacer, un tránsito hacia no sé dónde, pero en algún lugar, dimensión, espacio o éter el pensamiento seguirá, la mente procesará ideas aunque no las transmita de manera sonora.

Y si no queda rastro, si todo lo que se encuentra, y ni siquiera eso, si no hay consciencia de ser, entonces la nada; tampoco habría dolor, ni arrepentimiento, deseos de regresar o de nuevamente partir.
Si nadie me necesita, entonces estoy de sobra. Si todo lo que puedo aportar son problemas, conflictos, incomodidades y sacrificios, estoy de más. Es probable que ya muy poca gente me piense… tal vez nadie. Por tanto, no sería una pérdida, y mucho menos irreparable.

Lo he repetido tantas veces… Morir es un lujo asiático.

                                 
  
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Crimen perfecto  ©


A la persona que se le hace mobbing se le trata de matar psicológicamente, de excluirle. A veces son personas extremadamente válidas y por tanto no hay forma de despedirle. Otras veces es un trabajador que se ha negado a participar en comportamientos irregulares; un fraude, una irregularidad..., es decir, trabajadores extremadamente éticos. Pueden ser mujeres que se han negado al chantaje sexual y se desencadena contra ellas una persecución. En otras ocasiones se trata de eliminar a un trabajador que es un mal ejemplo, pero por algo bueno.”
Profesor Iñaki Piñuel.

Demasiado tarde para muchos, se viene reconociendo en España la práctica del ‘mobbing’ o acoso laboral. Varios especialistas en este fenómeno maquiavélico han definido esta estrategia de acoso y derribo, difícilmente demostrable, como terrorismo psicológico. Salta la alarma cuando se estima que el 20% de los acosados acaban suicidándose.

El acoso moral en el trabajo no es nuevo, parece haber existido siempre; pero al ser tan difícil demostrarlo con pruebas, la víctima no llega a denunciarlo. Es más, la víctima del ‘mobbing’ es precisamente más vulnerable por no saber qué le está pasando, por qué se siente mal, tanto física como moral y psicológicamente. Para cuando se percata de que está siendo objeto de acoso, ya es tarde para poder enfrentarse a los acosadores, pues el daño causado (en la mayoría de los casos irreparable) se lo impide, primer fin de los acosadores. Éstos suelen ser personas ambiciosas pero mediocres, que aspiran a ocupar el puesto que desempeña la víctima, quien suele ser trabajadora, inteligente y eficaz, brillante. Provoca la envidia y el odio de compañeros o superiores y éstos no paran hasta conseguir que el acosado sea despedido o deje el trabajo “voluntariamente”.

Quedarse sin trabajo ya es grave de por sí, pero no es esto, con las secuelas que conlleva, lo peor: para cuando la víctima de ‘mobbing’ llega a ser removido de su puesto o decide abandonarlo, el daño causado —que en la inmensa mayoría de los casos queda impune— es tan atroz que la recuperación es prácticamente imposible; al menos, no volverá a ser la misma persona, si es que supera las enfermedades y trastornos derivados del maltrato psicológico sufrido.
Es un acoso sistemático que consigue que la víctima enferme: el sistema inmunitario se deprime, de modo que empieza a sufrir dolores de cabeza, musculares, lumbalgias… hasta trastornos cardiovasculares, infartos, propensión al cáncer, depresión severa y hasta muerte. Es el crimen perfecto, pues si la víctima sobrevive, queda convertida en un cadáver moral, psicológico, social, con baja autoestima; suele tener pesadillas durante al menos dos años, crisis de ansiedad y sentimientos de impotencia ante la injusticia sufrida y la impunidad de los criminales, de la que se da cuenta muy tarde.

Sucede en todos los campos de trabajo, pero sobre todo en el ámbito de empresas públicas (Sanidad, Enseñanza, etc.), donde además el ‘patrón’ es el Estado, no un jefe concreto; y así, es donde se da el mayor número de casos que quedan en la sombra, como a sombras quedan reducidas personas a quienes pocos comprenderán, creerán o, para más escarnio, tildarán de paranoicas y de padecer manía persecutoria, parte de la perversa estrategia.

Si es usted un trabajador brillante, accede por méritos propios al puesto que ocupa, rinde, tiene iniciativas que funcionan en la práctica y empieza a notar que sus compañeros ‘se olvidan’ de saludarle, recibe la advertencia de sus superiores de que el conjunto de los que comparten su trabajo están descontentos; si de repente siente que es usted invisible y no le hablan, no puede integrarse en su antiguo grupo ni a la hora del café, si le gritan y recriminan a solas, en las reuniones se tapa su voz con murmullos, si llega a sus oídos algo que usted no ha dicho ni hecho, pero se le atribuye. Si siente que por más que haga a sus superiores jerárquicos algo les parecerá mal o incompleto, y a sus compañeros peor… Si empieza a dudar de su efectividad, se siente acorralado, pero no lo dice porque sabe que no van a creerle… Usted está siendo víctima de acoso laboral.

Es importante anotar cada agresión verbal (casi nunca se dan las físicas) incluso grabarlas, enfrentar la situación con entereza y hacer saber a los acosadores que es consciente del acoso y va a denunciar la situación.
Es difícil, pero no debe nunca salirse de sus casillas, perder los papeles, los nervios; no llore en público ni se queje: demostrará lo débil que está y que es vulnerable. Aún así, se lo negarán todo y añadirán que sufre ‘paranoias’, que es producto de su desequilibrio mental.

Y cuando no puede más y cae enfermo, tendrá que estar de baja laboral, con lo que, si trabaja en una empresa privada, podrá ser sustituido fácilmente; si es en empresa pública, el acoso seguirá cuando se incorpore, más persistente si cabe. Puede sufrir un tromboembolismo, fallo cardíaco o como poco una lumbalgia que le obligará de nuevo a estar de baja. Todo será utilizado en su contra. El nivel de estrés es ya insoportable: llega la depresión severa, con lo que los acosadores han conseguido que pierda su capacidad de reaccionar, la objetividad al evaluar causas y efectos y a odiar. El estrés postraumático impedirá que salga del agujero y puede llegar la idea suicida. Incluso su consumación.

Para entonces, si al menos cuenta con el apoyo de su familia, puede que logre superar esa fase, aguda y peligrosa, recuperando poco a poco su salud física, pero le quedará una rémora de amargura que atormentará días y noches, deseos de venganza que no se materializarán, pues no es usted capaz de hacer daño ni a sus enemigos, por eso también ha sido escogido para anularle.
Antes de que eso le suceda, recurra a especialistas en el tema, infórmese, —le aconsejo los libros y artículos de J
osé Ignacio Piñuel y Zabala, profesor titular de área de Organización y Empresas, en la universidad de Alcalá.
"El mobbing es un tipo de asesinato psicológico, es un crimen perfecto porque no deja huella", asevera Piñuel, uno de los más reputados estudiosos del "mobbing" en España.

En el país vasco se están dando casos masivos de psicoterrorismo en el ámbito laboral público desde hace años. La administración nacionalista viene depurando a cuantas personas no se pliegan a su objetivos, se niegan a ser dóciles e indiferentes ante la injusticia y tienen ideas propias… No hace falta explicar los motivos, son obvios. Euskadi está sembrado de cadáveres psicológicos. Y créanme que lo sé: aunque trato de emular al ave fénix, soy uno de ellos. 

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Vampiros afectivos ©
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La antigua estrategia del victimismo es terriblemente efectiva y dañina; la víctima y el verdugo se confunden. Son tantas las personas que son víctimas del victimismo (valga la redundancia) que llegan a sentirse culpables durante toda su vida, es decir: se sienten y se creen verdugos.

La táctica del
vampiro afectivo —muchas veces inconsciente, aunque la mayoría de ellas a plena conciencia— es hacer que otros se sientan culpables. De lo que sea: de la tristeza, de su enfado, del fracaso, de ser  alguien humano y con miserias humanas. 
Es una cadena sutil que como un sedal invisible ata las muñecas y tobillos del “verdugo”, que no se sabe víctima de un vampirismo afectivo que le hace sentirse obligado a depender de la presunta víctima—el verdadero verdugo—, cuando realmente es el supuesto culpabilizado y “culpable” quien se ve obligado por sí mismo, inducido por el sentimiento de culpa transferido, a ser el dependiente.
Los que ejercen el victimismo normalmente aparentan una debilidad tanto física como afectiva. Recurren al llanto, al reproche solapado, nunca dicen con claridad que los otros “son culpables”. Es más sutil que eso:
hacen que se sientan culpables. Son avezados parásitos de conciencias ajenas dominadas por el perfecto ejercicio del victimismo.
  En principio, las quejas, el silencio y el rostro apenado, miradas hacia el suelo, apatía y suspiros. Si eso no resulta, el pataleo, la crisis e incluso el chantaje moral expresando de manera dramática lo mal que se sienten por la actitud del ‘verdugo’. Llega un momento en que el objeto del chantaje se siente culpable y en débito eterno con el supuesto dañado: la “víctima-verdugo”, quien consigue que los demás se sientan culpables lo que hace que se conviertan en esclavos inconscientes de la supuesta víctima.

La dependencia va en aumento, la mala conciencia —
errónea— trabaja en contra del autorreconocido verdugo-víctima. La víctima-chantajista, triunfante, se mostrará condescendiente, consolará a su verdugo, haciendo que siga sintiendo e incrementando su asumida culpabilidad y se resigne a someterse a su voluntad. Si no abre los ojos, si nadie le hace ver la verdad, la realidad y la insidiosa estrategia de la “víctima”, jamás será una persona libre.
Ejerciendo el papel público de fuerte, es el débil y sometido. La víctima-verdugo, públicamente, lo seguirá siendo, aunque en su fuero interno sepa a la perfección que en verdad es apariencia. Pero ésta condiciona, crea partidarios; es compadecida, y el esclavo-verdugo denostado por la mayoría, incluido su yo íntimo. Es la peor de las servidumbres, ser esclavo de un vampiro afectivo que exige, se ‘alimenta’ a costa del otro y es incapaz de dar o darse. Existe una vacuna contra el victimismo y el trueque falso de roles: hacer un análisis profundo y objetivo,
descubrir que se está siendo objeto de un chantaje y negarse a él a pesar de los continuos intentos de la “víctima”. Ésta, al no conseguir los resultados pretendidos, descubre su verdadera intención, su personalidad sale con ímpetu y reacciona violentamente, de palabra o de obra, y el odio surge al sentirse descubierta.

Merece la pena descubrir que no se es verdugo y empezar a sentirse libre, a pesar de tener entonces que asumir la realidad, a sentir la indiferencia dolorosa de quien ejerció de víctima, con riesgo de sentir un irremediable resquemor hacia quien laceró su espíritu y lo dejó tatuado, degradando su autoestima:
el auténtico verdugo.


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Mis Queridos Héroes ©

                             
 
HAY hombres que son héroes un momento por una hazaña difícil y arriesgada, los hay que lo son durante unas horas, un día; y hay millones de héroes anónimos que lo son día a día, todos los días de su vida.
De éstos ignorados héroes anónimos algunos han marcado mi día a día durante años; ellos no se consideran héroes, sino hombres normales, con sus defectos y sus virtudes como todo ser humano. Nunca le dieron importancia a la heroicidad cotidiana, continua y, por eso mismo, poco o nada valorada. Justo es que al menos les exprese mi agradecimiento.
Un hombre, esposo y padre, que se sacrificó durante muchos años por sus hijos, que cuidó de ellos cuando estaban enfermos, los educó en valores cristianos y éticos sin coartar la libertad de pensamiento y elección de los hijos, demostrando por ellos un gran respeto; que durante la adolescencia de esos hijos, con los conflictos generacionales, amén de los que acarrea la convivencia, con derechos y obligaciones, tratando de aplicar criterios que no pudieran interpretarse como contradicción con la madre, pues previamente se ponían de acuerdo.
Un padre que confió plenamente en sus hijos en esa edad peligrosa en que lo que dicen los amigos suele pesar más que lo que dicen los padres, pues la formación humanística transmitida con su ejemplo, conversaciones y lecturas daría su fruto; y no se arrepentiría, pues la confianza no fue defraudada. 
 
Cuando ya medio adultos, los hijos comprenden más la condición humana y la función de los padres, se encuentran ya casi al mismo nivel de conocimientos y con elementos de juicio para discernir y opinar con ideas y criterio propios, las conversaciones se convierten en debates enriquecedores que arrojan luz, tal vez acrisolada por las dudas o la contraposición de opiniones, siempre en el respeto al otro aun disintiendo; un hombre que permitió y animó a sus hijos a seguir su vocación, aunque hubiera deseado que eligieran un camino menos arduo, pues siempre supo la valía de un trabajo deseado, que llenara el vacío de uno impuesto, sin interés vital para ellos, lo que resultaría alienante y a medio y largo plazo, conduciría a la más triste frustración.
Un padre que educa, ilustra, forma, y todo ello respetando la idiosincrasia y la libertad individual de sus hijos… Habrá muchos… no lo sé, quiero suponer que es así; y así fue en este caso. 
 
Cuando la enfermedad invadió su cuerpo, jamás escuchamos una queja hacia nosotros, por el contrario, le quitaba hierro a los síntomas y a los efectos secundarios de los fármacos.
Su paciencia, su no darle importancia a la tragedia que sabía suya, intentar ‘no molestar’ —como si eso hubiera sido posible— llamando o pidiendo algo si él podía, aún con gran esfuerzo, procurárselo, fue proverbial. 
En enfermedades previas que curaron, su actitud fue la misma: tratando de agradar, de no causar preocupación, ni siquiera se permitía desahogarse expresando temores que me consta tuvo.
  
La última fue esa enfermedad insidiosa y casi siempre mortal, que da la cara sólo cuando está ya avanzada y poco puede hacer la medicina. Pues bien, fueron casi dos años; cuando le faltaron fuerzas para sostenerse, con necesidad de veinticuatro horas de oxígeno, él, que siempre fue apoyo, tuvo la humildad de dejarse apoyar con cierto pudor, y siempre con una mirada agradecida y la expresión limpia, como su espíritu y su mirada. 
  De ingresos hospitalarios, pruebas, pinchazos, agujas y catéteres, sueros y medicamentos agresivos, a casa, a su cama —¡qué bien se está aquí— decía al volver. Y aún ocupaba un rato su sillón para compartir ratos con nosotros.
 
Al final, hospitalizado, ya al límite de sus fuerzas, necesitó sedación. Morfina. Fue cuando tuvo la certeza de que la partida estaba próxima, y si me preguntan qué fue más doloroso, diría que el momento en que abriendo los brazos, sin hablar, no sé si por la emoción o la debilidad, se despidió de nuestros hijos en un largo abrazo indescriptible, con el dolor moral en la mirada.
Después, de mí. Sus últimas palabras, susurrantes, fueron “te quiero muchísimo”, antes de que la morfina hiciera su efecto. También me despedí más que con palabras que me costaba articular, con un ‘te quiero’ y mirando cómo se me iba, quise beber sus lágrimas apenas asomadas y contuve las mías: “Te prometo que pronto estarás mejor, estarás bien, te lo prometo”. 
No pasaron dos días cuando partió hacia el Amor Divino. No dejé de hablarle, de estar junto a él, teniendo su mano y con la suya en mi corazón. Le canté canciones de cuando nos conocimos, las que le gustaban, alguna que interpretábamos a dúo de novios… Cuando por enésima vez mojé sus labios secos, a pesar del suero, percibí el movimiento de succionar el líquido, sonrió dormido y exhaló, sin estertor alguno, un soplo que respiré mientras le preguntaba si ya se iba… Su rostro resplandecía de paz, sosiego, no había un gesto de dolor ni angustia… Me despedí jurándole cuidar de nuestros hijos, y prometiendo que allá donde se encuentre, iré yo cuando me llegue el momento.
 
Entonces llamé a nuestros hijos —les había mandado a la cafetería a tomar algo caliente—, les avancé la noticia y entraron serios, pero serenos. Los delataba el movimiento de la garganta al tragar saliva. Tampoco lloré entonces.
 
Días después, mi hijo mayor trajo la noticia: recidiva del sarcoma sinovial que se le había extirpado dos años atrás y que tanto afectó a su padre. Fue la segunda intervención. Su brazo derecho quedaría más mermado de funciones. Pero no pararía ahí la cosa: no habrían pasado ni quince días cuando se detecta otro tumor, otra recidiva… Y esta vez, el remedio no podía ser otro que cortar por lo sano. No exagero si les digo que creí morir. Diez días después, le intervinieron. El brazo derecho amputado por encima del codo.
 
Todos quedamos sorprendidos por la reacción —inusual en estos casos— de normalidad, de la naturalidad con que incluso hacía humor de sí mismo. Temí que fuera una euforia por estrés postraumático y también los médicos… Pero no. A día de hoy, sigue siendo el mismo anímicamente, lo asume con tal longanimidad que asusta. Y causa admiración.
Antes de la operación, estuvo yendo a pescar con su esposa, con amigos, y… compró una caña para poder pescar con una sola mano.
Su hermano —difícil su situación, y también heróica— fue y es el bálsamo de todos; de su padre, su hermano y mío; apoyando, compartiendo, sin una queja ni una lágrima, fuerte en apariencia, aunque su delgadez se incrementaba por momentos, reflejo de lo mal que lo estaba pasando. Sin quejas ni aspavientos, quedándose a dormir con su hermano hospitalizado, charlando con él y su cuñada animándolos, riendo y… con tanto amor y olvido de sí mismo. El más pequeño… y tan grande.
 
Esos tres hombres son mis héroes, por ellos y con ellos he sufrido, he sido feliz, he llorado y he asumido —creo— los zarandeos que prefiero atribuir al azar, a la mala suerte.
Sólo lo irreversible es aceptado antes o después, por lo que tiene remedio se lucha; ante la desgracia, uno se rebela, lo niega, no da crédito a que esté pasando y se pregunta ¿por qué a mí? ¿Por qué a ellos?, se desespera y vuelve a preguntarse ¿Por qué no a mí?

Hasta que la realidad se impone por evidencia y entre lágrimas secas se empieza a asumir con inmensa tristeza, el duelo hay que pasarlo y estará un tiempo apretando el corazón. El dolor, como el amor, es intransferible… Y en ello estamos los tres, mis dos hijos y yo, y él, desde la Casa del Padre, sonreirá tratando de hacernos entender que esto es un tránsito, que morir es como nacer, algo natural, y espera el tiempo en que volvamos a estar juntos, mientras desde donde se encuentra, sigue cuidándonos.
Ahora ya saben por qué no podía escribir, me era imposible. Les pido disculpas por este regreso cargado de sentimiento emocional: tenía que hacerlo, tenía una deuda con mis héroes anónimos para el resto del mundo. Y quiero rendir un homenaje a todos los héroes anónimos que van por la existencia como si no pasara nada, aun teniendo el corazón en carne viva.

PD: Hace tres años, mi hijo Juan falleció. No podré olvidarlo nunca... ni quiero. Hoy estará junto a su padre, a quien amaba con locura. Quedamos mi hijo menor y... yo; y aquí sigo por él, porque no puedo hacerle sufrir. Si no fuera así, ya habría desertado.
 
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COSTA DA MORTE © 

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Siento vergüenza, rabia e impotencia ante la situación de millones de personas condenadas a morir de hambre, de enfermedades erradicadas hace décadas en el primer mundo, a causa de guerras no reconocidas y deliberadamente olvidadas… No sólo el SIDA hace estragos en África, la hambruna, la violencia, el desplazamiento de miles de personas hacia tierras limítrofes con países vecinos para esperar la “ayuda humanitaria” que no llega y es insuficiente para evitar la muerte lenta y dolorosa de una legión de seres humanos.

Me avergüenza la ligereza con que se informa del éxodo hacia Europa de los llamados “sin papeles” o “ilegales”, empezando por el
detalle nada casual de la terminología que, como alguna vez he señalado, es estratégica a fin de despersonalizar a seres humanos de carne y hueso, como nosotros, como nuestros hijos, miles de los cuales van llenando la fosa común de las aguas del Mediterráneo.
La situación se ha dejado llegar al límite, se dejó pudrir mientras los gobiernos de los países privilegiados se beneficiaban a costa de comerciar con carne humana, (para qué explicar la metáfora), enriquecerse con la venta de armas a países en conflicto bélico, guerras civiles y gobiernos dictatoriales y criminales.

Se levantan alambradas de espino (como la corona bufa que incrustaron en la frente de Jesucristo) para impedir que los desesperados entren en el paraíso europeo. Un paraíso donde se conformarán —los que no terminan engullidos por la mar, detenidos y deportados a tierra de nadie— con un trabajo en condiciones infrahumanas, míseramente pagado y en régimen de una no tan nueva esclavitud.

Se alzan voces contra el muro que levantó Sharon para aislar a los palestinos; las alambradas, elevadas varios metros más y coronadas de alambre de espino, constituyen otra vergüenza que la comunidad internacional mira con indiferencia. (Y ahora, el nuevo presidente de EEUU. pretende levantar uno en la frontera con México).

El trato diferente que reciben los magrebíes, y peor los subsaharianos —porque se diga lo que se quiera, el racismo está presente en la base de la explotación de personas consideradas distintas, despojadas de derechos simplemente por el color de la piel, el estado de necesidad, la pobreza extrema, el miedo y la desesperación por sobrevivir a cualquier precio, aunque éste sea tan alto y valioso como la propia vida.

Es sabido que los empobrecidos de la Tierra no están ocupando zonas inhóspitas por casualidad. Desde tiempos tribales, los grupos más fuertes, mejor armados y por tanto, más poderosos, fueron desplazando a los más débiles para ocupar las zonas templadas del globo, las más productivas y con climas propicios para la vida y la producción de riqueza natural y después comercial e industrial.
Así, las selvas y desiertos de hielo o arena se fueron poblando de sobrevivientes cuya esperanza de vida no llega ni a la mitad de la de un occidental.

Pero eso era insuficiente para los países depredadores, los que se arrogan el derecho de ocupar y explotar las riquezas naturales ajenas, en su afán expansionista. Ladinamente se le llamó colonización, cuando se trataba de una ocupación ilegítima y depredadora, de territorios donde pudieron asentarse los desplazados por los poderosos.
La bicoca resulta redonda: se explotan tierras, minas, plantaciones y seres humanos como mano de obra, las riquezas naturales se elaboran para después crear un mercado de productos industriales, vendidos a precios abusivos a sus legítimos dueños.

Cómo iba a interesar a los países privilegiados establecer fábricas, fomentar la industria y formar a la población sometida, de modo que pudieran llegar a tener un sistema económico autosuficiente; sería acabar a medio o largo plazo con el chollo. No convenía que supieran demasiado.

Y cuando ya está todo esquilmado, cuando se ven forzados a dejar el país ocupado, se cuidan bien de dejarlo en manos de dictadores, aliados que garanticen seguir suministrándoles riquezas a cambio de armamento y de ignorar los desmanes, la corrupción, los crímenes, y de endeudar al país “colonizado” de modo que sea un satélite útil económica y estratégicamente.
La mayoría de las guerras, y tampoco es casual, se montan en terceros países: véase  Corea, Vietnam, Angola, Afganistán, Siria y un sinfín de guerras en África y extremo y medio oriente. Por no nombrar los conflictos de América Latina, coadyuvados por el intervencionismo del poderoso Tío Sam.

Nos horrorizamos por el Holocausto judío —
y no debemos olvidarlo—, por el régimen de Pol-pot o Castro, pero el continuo Holocausto que literalmente desangra África, las hambrunas mortales, la ínfima calidad de vida —si así puede llamarse— más bien supervivencia de los diferentes, los empobrecidos, sometidos por el sistema dominante… ni siquiera tiene nombre. Los regímenes genocidas de los pinochets, somozas o videlas, no merecieron la intervención de la OTAN, para qué liberar a aliados útiles si no había oro negro.
Países europeos hegemónicos comercian con el mismo diablo, venden armas, obtienen petróleo… al infierno con la población, que hay demasiados pobres, y ya se sabe que no son nada útiles, a no ser que lleven un arma en las manos y disparen contra “el enemigo”. Ayer, como quien dice, se establecían pactos y negocios inconfesables con quienes hoy constituyen el enemigo común de occidente.
Pues bien: los gobiernos se preocupan, están alarmados por la “avalancha” de ‘ilegales’ y ‘sin papeles’ —hombres, mujeres y niños de carne y hueso —supuestamente amparados por la Declaración Universal de Derechos Humanos.
  Gente que pretende trabajar para poder comer aunque sea poco, alimentar a sus hijos, aunque vayan a morir por desnutrición y víctimas de enfermedades, por falta de vacunas que las multinacionales no les van a vender a menor precio.
Y es imparable. La desesperación de quienes no tienen nada que perder, puede que tampoco qué ganar, pero que al menos intentan existir, no la va a detener ni una alambrada ni un ejército. La solución pasa por dotar a los países en tales situaciones límite de medios para el desarrollo sostenible, formar técnicos y trabajadores eficaces, invertir en educación y formación para conseguir la autosuficiencia económica y el equilibrio, mediante un sistema de justicia social, principios de cooperación y solidaridad… condonar la deuda externa para empezar. 

Mientras eso se produce, son los gobiernos los que tienen que atender la urgencia, parar la hambruna (no saldría más caro que lanzar un satélite al espacio) e intervención de la ONU (cascos azules) para detener las masacres…

Las ONGs, hoy son imprescindibles para paliar la vergonzosa sangría de los desheredados. Aunque a medio y largo plazo, deberían ser innecesarias, siendo los gobiernos de los países ricos quienes se ocupen no sólo de paliarlo, sino de solucionarlo.
No se trata de caridad, sino de justicia.

Porque mientras los poderosos laven su conciencia, ¿la tendrán?, con subvenciones a las ONGs, que vienen a ser el chocolate del loro, se van a seguir llamando andanas, y la población seguirá protestando por esto o aquello, por la contaminación de las mareas negras… Y es hora de que exijamos a los gobiernos que aborden ya medidas urgentes humanitarias primero, de formación y desarrollo a la par o inmediatamente nca mais” cuando la Costa da Morte fue invadida por la marea negra del Prestige, tenemos la obligación de gritar “nunca mais”, hasta dejar sordos a los gobernantes, antes de que los cadáveres desborden la fosa común de los miles de ahogados en el Mediterráneo, y los desiertos se conviertan en fértiles, abonados por los restos mortales de los hambrientos.
Hace demasiado que el Mediterráneo es la verdadera costa de la muerte.

Y nosotros, haciendo dietas y mirándonos el ombligo. 


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